Milán

Me gustaría comentar un viaje que tiene un encanto especial, especial porque si bien no tiene nada de impresionante, hasta el momento ha sido la única nochevieja que he pasado fuera de España.

Volvamos al método utilizado para decidir el viaje a Amsterdam, una venda, globo terráqueo, hacerlo girar y dedo en un lugar random.

Como no me había cogido ningún día festivo en el trabajo podemos categorizar este viaje como probablemente el más express y ‘loco’ que he hecho en mi vida. Hablamos de ir a Milán exclusivamente a pasar la nochevieja, coger un avión el 31 de diciembre a eso de las 18:00 y volver el 1 de enero sobre las 22:00.

Tras el vuelo, llego a Malpensa, es el primer aeropuerto que al verlo he pensado ‘es un pelín cutre, ¿no?’ para luego ir en tren a Milano. Bajo del tren al lado del Castillo de Sforzesco y la primera imagen que tengo grabada de Milán es frío, mucho frío. Recuerdo quitar los guantes junto al castillo para poder utilizar el móvil y perder de forma inmediata la sensibilidad. Bajé por vía Dante en dirección a la plaza de la Catedral il Duomo, dado que justo detrás se encuentra el hotel. Primera sorpresa, plaza cortada porque han montado un escenario y varios dispositivos de seguridad revisando mochilas. Doy un rodeo para acceder al hotel. Dejo las cosas en la habitación y me río porque hay sobres de Nescafé capuccino (¿¿en serio?? xD).

No tenía ningún plan para cenar, porque había mirado para reservar en alguna parte pero claro, el día 30 ponte a reservar nada para el 31… imposible, todo completo. Por lo haciendo un poco de turismo, al girar una esquina encuentro un mercadillo de comida (¿me persiguen o qué?) y pruebo algo llamado Panzerotto, uno de prosciuto y otro de pomodoro. Es una especie de calzone relleno de queso y algo más, en este caso, jamón york y tomate. Muy rico.

Paseando vi un local a rebosar de gente donde vendían porciones de pizza, y ya que estaba en Italia… pues habrá que comer pizza. Tomé un par de slices de prosciuto (muy ricas) y volví a salir al frío invernal.

Aún faltaba hasta las 12:00 así que continué haciendo turismo, vi el teatro la Scala, las galerías Emanuele II, volví al castillo, etc. No tenía claro donde tomar las uvas (sí, nos llevé uvas) porque era consciente de que el tema de las uvas, las campanadas y demás es algo español (en Italia toman lentejas (¿?)). Toda la gente estaba donde il Duomo, pero allí no había reloj, en cambio en Sforzesco sí y había leido por internet que en teoría lanzaban fuegos artificiales en este sitio (mentira cochina), por lo que cogí el champán (comprado en el aeropuerto del Prat), las uvas y fuí al castillo.

Estuve esperando hasta las 23:59, y me preparo para comer las uvas. Espero… espero… espero… (por mi reloj ya eran las 0:01…) y de pronto, sin previo aviso empiezan a bañarse en champán, a gritar, y a tirar petardos. La cara de tonto que se me quedó fue de órdago así que empecé a comer las uvas como me apeteció y abrí el champán para brindar. Pensaba que al menos sonarían las 12 campanadas o que se haría ‘algo’ pero no fue así, simplemente cuando fueron las 0:00 comenzaron a celebrarlo sin más.

Fue un poco extraño en el sentido de no ser una nochevieja tradicional, cené pizza, no hubo campanadas, casi no hubo ni uvas… pero aun así fue algo especial y diferente, además de lleno de anécdotas. Quedé por la zona un rato y fuí bajando hacia la plaza del Duomo. Era imposible entrar a ningún local ya que todo estaba llenísimo y había gente bastante pasada de vueltas, por lo que decidí ahorrar problemas e ir a donde estaba la orquesta. Justo delante ya podían verse algunos destrozos

Lástima que cuando llegué a la plaza por algún motivo ya había terminado todo (como mucho era la 1 am…) y la gente se estaba marchando. Me quedé con las ganas de celebrarlo bailando o bebiendo pero no hubo manera, así que como última opción nos fuí al bar del hotel (tipo lounge) y pedí un sex on the beach, siempre había tenido ganas de probar un coctel de estos. Eran a 15 eurazos cada uno, pero era nochevieja! Lo bueno era que luego se podían subir los cocteles a la habitación.

Al día siguiente no madrugué en exceso, bajé a desayunar al buffet y aproveché que tenía casi todo el día para hacer turismo. Lo primero fue visitar la Catedral del Duomo, por un lateral se puede acceder a la parte superior donde se encuentra la Madonnina y realmente es lo único que se puede visitar. Es bastante chulo ver toda la arquitectura gótica que tiene y en cierta forma te transporta varios siglos hacia atrás.

Al bajar volví por las galerías Emanuele II, ahora mucho más vacías que por la noche, el teatro, subí hasta el llamado cuadrilátero de la moda donde podías ver los escaparates de Dolçe & Gabana, Versace y diseñadores del estilo. Bajando por una zona que no tengo muy claro por donde estaba vi algunas tiendas de ropa abiertas ¡pese a ser 1 de enero!

Bajé por el Duomo hacia el sur hasta llegar a la basílica de San Lorenzo, donde se encuentran las únicas ruinas romanas de Milán, y entré a un restaurante de la zona para comer. Aquí tuve una experiencia un poco desagradable que sin entrar a detalles se ‘olvidaron’ de la comanda y apenas se disculparon, pero la comida en sí estaba rica, pizza 4 quesos y espaguetti carbonara, de postre capuccino.

Después visité San Ambrosio y Santa María de Gracia donde se encuentra el cuadro de la última cena (aunque para poder visitarlo se tiene que reservar con meses de antelación). De ahí me encaminé de nuevo hacia el castillo Sforzesco para verlo por dentro ya que el día antes había estado cerrado. Del castillo en sí no pude ver demasiado pero la amplia zona de jardines estaba muy bien para dar un tranquilo paseo. En la zona más al norte se encuentra el arco de la paz.

Después de eso, ya tocaba viajar en tren hacia el aeropuerto y tomar el avión de vuelta a Barcelona.

Breve pero intenso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *