Relato CI

Había una rosa marchita en el húmedo suelo. Ella se alejaba con paso acelerado mientras se escuchaba el firme sonido de sus tacones contra el asfalto. Él con la rodilla aún tocando el suelo observaba como se alejaba.

Es lunes por la mañana, las 8:03 y Paris aún no ha salido para el trabajo. Observo como corre por las casa, sube a la planta superior, se oyen cajones abrir y cerrar, ruido de colgantes. Baja las escaleras corriendo descalza, se pone los zapatos de aguja a la pata coja dando saltitos ridículos para no perder el equilibrio.

          Cariño salgo para el trabajo a toda prisa que voy tarde. – Dijo Paris mientras buscaba las llaves -.

          Lo sé, lo sé… las llaves están puestas en la puerta.

          ¡Ay! Gracias mi amor, qué haría yo sin ti. – Enfatizó ella -.

          Todo lo que quisieras, probablemente, dame un beso boba.

Ella le besa y sale corriendo por la puerta mientras alza la mano en señal de despedida.

Llega a la oficina, Paris es informática, no es lo que los canones de prejuicios marcan para esta profesión. Es una mujer adulta, desenvuelta, alta, trasero respingón y rubia de ojos verdes. Este lunes tenía una importante reunión, era la toma de contacto con los accionistas Suizos para el nuevo proyecto Hermes ID55. Si todo salía a pedir de boca la empresa se llevaría un buen pellizco gracias a ella, por el momento ya llegaba 12 minutos tarde.

          ¡Buenos días! Disculpad el retraso, había un tráfico de locura. – Dijo a la vez que observaba al resto de la sala donde se encontraban sentados cinco hombres trajeados que ni tan siquiera habían reparado en su presencia -.

          Paris –Comenzó uno de los hombres – vamos tarde por favor, comencemos.

Paris estaba de los nervios, era su primera reunión en solitario con los accionistas y encima llegaba tarde.

La reunión había ido sorprendentemente bien, fueron tres horas de exposición de ideas, brainstorming y comentarios banales. Paris lo tenía todo muy esquemático y bien sintetizado, estaba acostumbrada tras los años de carrera. Su jefe – el señor Bordershire – quedó muy satisfecho también, pudo comprobar de primera mano lo bien que Paris se había desenvuelto y como los clientes habían salido de la reunión comentando algunos de los pormenores del proyecto, se acercó a ella:

          Hola Paris, has estado muy bien, te felicito.

          Muchas gracias Sr. Bordershire, he intentado esforzarme.

          Siga así, le auguro un futuro prometedor gracias a su labor con este proyecto.

Paris acudió a un pub cercano al finalizar la jornada, le apetecía estar un rato sola en medio de sus dos amores en la vida, su trabajo y su pareja.

Se estaba tomando media pinta de cerveza rubia bien fría acompañada de un mix de frutos secos. Fue al servicio un momento. La cerveza es diurética – pensó para sí misma -. Al terminar y asearse las manos percibió una sombra por el rabillo del ojo.

Oscuridad.

Paris abrió los ojos, se encontraba en un sucio apartamento, poco más grande que una habitación. Únicamente podía ver una puerta de madera y una cama de metal herrumbrosa con un colchón extrañamente blanquecino para la suciedad general del resto de la estancia.

Abren la puerta.

Ante Paris aparece un hombre alto, corpulento, de ojos fríos. No lo había visto nunca antes. El hombre saca una pistola de 27 mm, la martillea y dispara a Paris en la cabeza. Los sesos y la sangre se esparcen por el suelo, Paris tendida sobre las baldosas de frío mármol sin un ápice de vida en sus ojos abiertos y el cuerpo aún convulsionando de forma involuntaria.

Han pasado dos años desde que Paris desapareció, aún la hecho de menos. Termino mi café con leche y el trozo de bizcocho, pago y salgo de la cafetería. Voy camino de la estación de metro de High st Kensington para acudir a mi cita con Penélope en el mercado de Candem. El metro va abarrotado, odio profundamente la hora punta del Tube.

Al salir de la estación veo de lejos a Penélope, hay mucha gente entre medias pero alcanzo a distinguirla, ya soy capaz de distinguir su lenguaje corporal y sé que es ella a pesar de no haberle visto la cara. Siento un golpe extremadamente duro y plano en la parte posterior de la cabeza.

Oscuridad.

El hombre estaba en Candem a la espera de su próxima víctima. Chris McDarling era un hombre corpulento de un metro noventa centímetros con esquizofrenia paranoide diagnosticada, aunque eso no quiere decir que estuviera siguiendo un tratamiento. De pronto lo vio, era él, el hombre al cual había estado buscando desde hacía 23 meses. Se acercó a él por detrás y cuando estuvo a su misma altura sacó del bolsillo interior de la cazadora un bastón extensible metálico con la punta chata. Le golpeó con dureza en la cabeza al tiempo que gritaba:

          ¡Terrorista!

El hombre había sido lo suficientemente inteligente como para conseguir un traje de policía por un par de cientos de libras, de esta forma podría actuar causando las dudas suficientes para poder huir con su víctima.

Me despierto en el suelo. Veo una pequeña habitación mugrienta, vacía a excepción de una cama. Me pongo en pie como buenamente puedo, tambaleándome, con la cabeza dolorida a causa del golpe ¿qué había sucedido? No soy capaz de recordar si algo me cayó encima o si alguien me agredió de alguna manera. Debía ser lo segundo, a juzgar por el lugar en el cual me encontraba.

Abren la puerta.

Aparece Chris McDarling, de infinitos ojos verdes y con barba de tres días. Saca un arma compacta, plateada, se escucha el click sordo y rápido al quitar el seguro, le dispara en la cabeza sin mediar una sola palabra.

Es una tarde cualquiera, lluviosa, en la zona del puerto. Está atardeciendo y se aprecia una ligera niebla, el ambiente huele a humedad. Una mujer pasea por la zona hasta doblar una esquina y encontrarse con un hombre. El hombre lleva una única rosa, la más roja que se pueda imaginar, totalmente abierta y hermosa.

Se dan un largo beso, él la toma de la mano y la conduce hasta una zona de embarcaderos de madera desde donde se tiene una bonita vista del Támesis y la cúpula de Saint Paul. Se distinguen varias barcazas, unas más grandes, otras más pequeñas, algunas paradas otras en movimiento.

De entre todas, Chris llama la atención de ella sobre una en concreto. Una barca de tamaño medio, apenas se puede distinguir su color debido a la oscuridad del día que va en aumento, parece roja, roja sangre. Se mece suavemente en el río. De pronto, en la barca, se encienden dos focos de luz blanca, divina. Están situados a ambos extremos y convergen en el centro de la barca, creando la imagen de una especie de letra V. Ella no puede distinguir bien a causa de la incipiente niebla.

Chris la vuelve a tomar de la mano y descienden por el embarcadero hasta una zona más próxima a la barca, el suelo antes de adoquines ha dejado paso al asfalto, continúa lloviendo. Ella comienza a distinguir formas y colores. Efectivamente la barca es roja, pero hay algo raro, no parece su color real, está pintada de una forma tosca y errática. Entonces repara en el vértice de la V formada por ambos focos, distingue la forma de dos personas, dos personas sentadas en sillas, una frente a la otra, como conversando. Pero no se mueven, están quietas, en una postura antinatural… parecen sujetos por cuerdas.

Comienzan a temblarle las piernas, da dos pasos al frente por pura incredulidad, por fin puede verlo claro, son dos personas, muertas, bañadas en sangre, con la cabeza destrozada. Ella debía de ser una mujer rubia, aunque costaba discernirlo debido al avanzadísimo estado de descomposición. Él era un hombre moreno, no era capaz de distinguir mucho más a pesar de que simplemente parecía dormido.

Iba a girarse para decirle algo a Chris cuando la barca se envolvió en furiosas llamas carmesí surgidas de la base de la barcaza. Se arremolinaban formando pequeños tornados furiosos de apenas un segundo. Era hermoso como el fuego se reflejaba en el Támesis formando trémulos contoneos de lujuria y pasión. El fuego alumbraba la noche de Londres, oscura y neblinosa; convirtiéndola en un lugar mágico, lejano, donde nada tiene importancia, únicamente importa observar el hipnótico baile de las llamas.

Él la coge por la cintura, le aparta el pelo con delicadeza y le besa el cuello, la oreja. Le dice que la ama. Le pone la rosa en la mano de forma que las espinas no le produzcan daño alguno. Le hace darse la vuelta, hinca una rodilla en el suelo aún sujetándole la mano, comienza:

          Mi dama. He buscado durante años, un amor tan puro y tan claro como el nuestro, como el que yo siento por ti. Me ha llevado mucho tiempo, he tenido que esperar. Hice muchos planes, no siempre salían bien. Finalmente los encontré. Eran ellos, éramos nosotros. La pareja perfecta. Ella lo amaba, él la amaba, ambos se amaban. – Suspiró -. He buscado su imagen a nuestra semejanza, los he matado para que se parase el tiempo en el momento exacto en que más felices eran como muestra de su amor, y reflejado, mi amor por ti. Los he dispuesto en las aguas del tiempo, fluyendo, mirándose de forma que su amor continuase eterno. Para finalmente arder de pasión, de la forma más bella posible, en la oscuridad de nuestros días y alumbrar todo el universo con una luz surgida de ellos mismos, luz cegadora, luz infinita. Te amo y esta es la prueba de mi amor, mi prueba de fuego, lo que siento en mi interior. ¿Quieres casarte conmigo?

Chris saca una cajita, la abre, contiene los dedos anulares de la pareja donde aún llevan las alianzas.

A ella le comienza a sangrar profusamente la mano a causa de la tensión con la cual había apretado la rosa. La envuelve con el puño hasta que todos los pétalos comienzan a caer, quebrados por la presión. Abre la mano y la deja caer.

Continúa lloviendo, el asfalto está húmedo…

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